¿Cuál es la mejor raza para ser un perro de terapia?

Esta es la pregunta clásica que muchos nos hacéis y siempre tenemos la misma respuesta para todos. No es tan importante la raza sino el individuo en concreto

Es cierto que hay una tendencia general de creer que hay algunas razas más predispuestas que otras, pero la realidad confirma que cualquier individuo con unas características determinadas puede servir para acompañarnos en las intervenciones. Nuestro equipo está conformado por perros de diversas razas y por perros que son mestizos y los resultados con ellos son excelentes.

Hay que tener en cuenta el tipo de programa y la actividad que se realizará para poder valorar el carácter, tamaño, sexo y edad del perro.  Las características de un perro que nos acompañe en una sesión con personas mayores, pueden ser ligeramente diferentes a un perro que nos acompañe en una sesión con jóvenes en riesgo de exclusión social.

Algunas características necesarias para ser perros de terapia son:

Que sea un animal que le guste y disfrute del contacto social.  Hay que pensar que un perro de terapia estará expuesto al contacto permanente con las personas, por tanto, no sólo debe aceptarlo, sino que debe buscarlo y disfrutar de ello

Que le guste trabajar por comida o juego.  La interacción entre la persona atendida y el perro es la base de las terapias. No hay nada más frustrante para las personas que intentar interactuar con un perro que no quiere colaborar. Los perros a los que les gusta la comida o el juego resulta más fácil trabajar con ellos y crean un vínculo mayor y más rápido con las personas.  Eso no quiere decir que siempre trabajemos con premios

Que tenga capacidad de trabajo. Al igual que debe gustarle la comida o juego debe tener un mínimo de capacidad de trabajo ya que puede resultar igualmente frustrante si se cansa pronto y no quiere colaborar.

Que tenga un comportamiento equilibrado y fiable. Eso quiere decir que no tenga miedos y presente una conducta predecible. Hay que recordar que muchas veces los perros de terapias están expuestos a pacientes con graves trastornos o muy imprevisibles, por lo tanto, tenemos que tener un mínimo de garantías de que nuestros perros no reaccionarán de manera inapropiada.

Que físicamente esté bien y no sufra enfermedades. Un perro enfermo o con dolor puede ser peligroso además que es totalmente reprobable éticamente. Muchas sesiones de terapia son exigentes a nivel físico para los perros, si tienen limitaciones puede ser perjudicial tanto para el animal, a nivel físico y emocional, como para la sesión.

Deben resultar adecuados para una determinada tarea: Esto significa encajar o estar cualificado para un fin determinado. El animal debe ser capaz de ayudar al paciente a trabajar para los objetivos que haya marcado el terapeuta en un contexto determinado. Dependiendo de esos objetivos, el perro tendrá que tener una serie de habilidades. En función del colectivo con el que trabajemos tendrá que hacer un tipo de ejercicio u otro. Por ejemplo, si trabajamos con gente joven quizás necesitaremos que el perro que sepa y tenga energía para realizar un circuito de Agility.

Confiables: Tienen que tener capacidad de inspirar confianza. Las personas con las que trabajamos se tienen que sentir cómodos y no amenazados con el equipo (perro y responsable del perro).

Por último, es necesario destacar -en contra de lo que mucha gente cree-, que un perro de terapia no tiene porque ser un “superperro”, ni soportar cualquier tipo de comportamiento por parte de las personas con las que se relaciona, tiene necesidades y preferencias a las que tenemos que estar atentos para favorecer su confort durante las sesiones, por eso es importante que los perros que te acompañen en las sesiones convivan con el/la técnico en IAA.

Siempre se tiene que tener muy claro que la persona que trabaje con el animal -sea un profesional de la salud, de la educación, un técnico o un guía- tiene que saber protegerlo ante posibles reacciones inapropiadas por parte de las personas con las que interactúa.

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